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miércoles, 2 de marzo de 2016

Trump imparable inaugura un nuevo capítulo electoral


María Camila Morales

Ganó y cómodamente Donald Trump en el Súpermartes. Las cartas están sobre la mesa y la nominación del magnate neoyorkino como candidato republicano parece inevitable.

¿Error de cálculo, alternativa electoral o fin del debate político para Estados Unidos? Varias teorías se barajan ahora para tratar de explicar su triunfo.

La primera es constatar que la minoría extremista del partido conservador tiene voz y ya no es un agravio social aplaudirla. Entre los republicanos, el nacionalismo racista siempre ha existido aunque no superaba el 25% del voto interno.

Había logrado, en el 2010, una presencia en el Congreso con el Tea Party (Marco Rubio) gracias a un discurso con tintes de cruzada libertaria y religiosa.  Sin embargo, el establishment se encargó de impedirles regresar al Congreso y además, les bloqueó sus absurdas iniciativas legislativas.

Pero ese malestar económico y social no desapareció. Estaba tan solo a la espera de un líder capaz de convertir el odio y  la intolerancia en valores presentables y aceptables. Ahí fue donde fallaron los pronósticos de los conservadores moderados. Subestimaron la fama de un insensato en un país que ha adoptado la moral de los espectáculos de tele-realidad que el mismo ha financiado.

Segunda: Trump encarna “otra forma de hacer política”. Y el caso no se limita a Estados Unidos. Podemos ver dichos fenómenos en otros países. Las etiquetas ideológicas varían pero tienen en común la fascinación por personajes ajenos a las maquinarias tradicionales.

En Gran Bretaña, Nigel Farage y Jeremy Corbyn, en Francia, Marine Le Pen, en Hungría Viktor Orbán, en España Pablo Iglesias o Beppe Grillo en Italia. Ejemplos no faltan.
Además atraen por ser pseudocaudillos irreverentes, irrespetuosos y egocéntricos. Estados Unidos no podía evitar contagiarse del voto anti-sistema. El magnate de Nueva York es sin duda otra alternativa. Fue demócrata y ahora es republicano pero fácilmente puede ser independiente.

Franqueza o descaro de Trump que un 42-44% de los estadounidenses acepta y reclama según la última encuesta nacional de CNN. Se trata de un voto sin color, que aspira a mejores salarios y oportunidades. Desean sus partidarios volver a la era de la bonanza; época del dinero fácil (antes de la crisis de las hipotecas subprimes del 2008), de la especulación que no se limitaba al 1% de los ricos de Wall Street, sino a todo ciudadano con acceso a un crédito inmobiliario. En ese amplio segmento del voto, las propuestas del millonario Trump son una agenda de gobierno más que suficiente.

La tercera explicación, y tal vez, la más grave, es la ausencia de contradictores políticos.

Diez palabras sin sentido valen miles de votos. Una nueva lección para todos los estrategas políticos del siglo XXI. Las mentiras y los escándalos morales ya no son un problema. Lo importante es ser tendencia en las redes sociales. Para tal propósito, nada mejor que  un insulto o una amenaza. No se equivocaba Trump cuando decía que podía disparar contra una persona en la Quinta Avenida y no perdería ni un voto.

La televisión ha sido la mejor caja de resonancia para la publicidad de Trump. Los debates no han tenido sustancia, han sido una muestra de intolerancia, ignorancia y puerilidad. No ha sido posible que ningún periodista en directo confronte a Trump con su vacío intelectual y político.

Los periodistas tienen una parte de responsabilidad en mantener la altura del debate de ideas en una sociedad. ¿Cómo aceptar respuestas vagas, cómo dejar que un candidato ignore una pregunta o evada evidencia de sus incoherencias? En una democracia no se debería imponer el que grite más pero el rating ahora dicta los triunfadores.


Con Trump camino a la investidura republicana, empieza un nuevo capítulo de la historia de Estados Unidos: América con orgullo da la bienvenida al populismo tan propio a América Latina. 

miércoles, 24 de febrero de 2016

El destino político de Estados Unidos en manos del voto latino


María Camila Morales

Nadie se hubiera imaginado que una minoría electoral sea la que vaya a decidir el futuro de “the greatest nation on earth”. Según el último censo, en Estados Unidos hay 53 millones de latinos (17% de la población) de los cuales 13 millones pueden votar en noviembre. Para bien o para mal, el voto latino tendrá la última palabra tanto en el partido republicano como en el demócrata.

Esa comunidad que desprecia Donald Trump, que niega Ted Cruz, que confunde Marco Rubio, que defrauda Hillary Clinton y que conmueve a Bernie Sanders, será la encargada de decidir no solamente el nombre del próximo presidente de Estados Unidos sino la hoja de ruta del bipartidismo norteamericano.

Después de la primera victoria de Barack Obama (2008), las proyecciones electorales ya advertían que para llegar a la Casa Blanca se tiene que ganar el 40% del voto latino.

Un cálculo que debía generar dos ejes de acción tanto para demócratas como para republicanos: incluir la específica problemática de dicha minoría (por ejemplo, los latinos tienen los índices más altos de abandono escolar) en las agendas nacionales de los partidos. Además promover el liderazgo de los jóvenes latinos en el seno de las tradicionales maquinarias políticas locales. Hasta el 2015 hubo que esperar para que Rocío Treminio López, fuera elegida alcaldesa de Brentwood en Maryland. Es la primera mujer centroamericana en ocupar el cargo en una localidad donde los hispanos superan el 45% de la población.

Sin embargo, lo que demuestra la carrera presidencial del 2016, es que falló la lógica de inclusión y se impuso el repudio.

Del lado demócrata, los votantes latinos no perdonan el incumplimiento de la prometida reforma migratoria de Obama. A la que se suma el número récord de redadas y deportaciones de indocumentados durante sus dos mandatos (casi dos millones). Una decepción enorme que no se traducirá necesariamente por un canje de voto a los republicanos, sino por su ausencia en las urnas. La famosa abstención que había caracterizado a la comunidad en el tiempo de los Bush y que perjudica tanto a Hillary como a Sanders.

Pero sin voto latino, un candidato también tendría posibilidades de llegar a la Casa Blanca.

Según encuestas en Iowa, New Hampshire y Carolina del Sur, hay una baja del 22% de la participación de los demócratas en las primarias y asambleas vecinales (caucus) de dicho partido. En Nevada, el principal sindicato de los Trabajadores de la Cocina (57.000 afiliados y más de la mitad son latinos) no dio su respaldo ni a Hillary ni a Sanders. Tampoco pidió salir a votar.

Mientras tanto en el lado de los republicanos aumentan los votantes y sube el rating de sus debates televisivos. El nuevo patriotismo que encarna Donald Trump, con su bandera anti-inmigrantes, toma cada vez más fuerza. No solamente entre los blancos sin estudios universitarios (poorly educated people), sino también en la comunidad hispana. El magnate neoyorquino lo había dicho: “ellos me aman”. Ellos, en Nevada, fueron 46% de los latinos conservadores.

El voto latino de segunda y tercera generación es al que le apuestan tanto Trump como Cruz y hasta en cierta medida Rubio. Un segmento del país que se preocupa tanto o más que el resto de conservadores por el trabajo, el alza de los impuestos, el libre mercado y los valores cristianos. Rechazan a los indocumentados y no hablan español. Es un sector de la sociedad que no quiere tener distinciones por su etnicidad sino ser parte de una nación que progresa gracias a la autoridad. Electores que pretenden demostrar una asimilación lograda con un voto radical.

Después de la derrota de Mitt Romney en el 2012, los pronósticos se equivocaron en cuanto a las reacciones del llamado voto latino. El ex precandidato republicano, Jeb Bush, lo sabía. Por eso insistió en su latinidad hablando en español: “sin ellos perdemos con ellos cambiamos”. Pero, ¿cómo y hacia qué dirección del espectro político?

Todo parece indicar que para las presidenciales del 2016 sin ellos será la derrota que paguen los demócratas por haberlos traicionado dos veces con la amnistía migratoria. Y con ellos, los republicanos  justificarán su discurso extremista y gran triunfador del nuevo “nativismo” estadounidense.





















miércoles, 20 de enero de 2016

¿Los moderados republicanos desaparecieron en Estados Unidos?

María Camila Morales

Empezó la cuenta regresiva para las primarias republicanas en Iowa (1 de febrero) y los candidatos más radicales lideran las encuestas. Será un duelo Trump-Cruz según pronostica la prensa norteamericana. Sus discursos racistas, clasistas, misóginos y matemáticamente plagado de errores son un imán.

Y eso, es tal vez, lo más peligroso. Ninguno de los demás candidatos a la nominación propone un programa realista y conciliador.

Para poder ganar las elecciones presidenciales, el voto republicano tiene que atraer a los moderados. Históricamente el GOP no es ajeno a la clase media, no es exclusivamente blanco (George W. Bush contó con el voto de la comunidad musulmana en el 2000), tampoco desconoce la inmigración (Reagan en 1986 firmó una amnistía a cambio de pagar multas y fortalecer fronteras) y si bien preferiría menos intervención federal, respeta a Washington y negocia en el Congreso.

Pero al oír las propuestas de los aspirantes a la nominación (menos Rand Paul y  Jeb Bush, si es que habla) los republicanos representan a la extrema derecha.

Bien dice el lingüista y profesor emérito del MIT, Noam Chomsky en su reciente entrevista con Abby Martin para la revista Salon: “el problema con la política en Estados Unidos es que el espectro ahora va de centro a extrema derecha”. Explica que los demócratas de ahora entrarían en la definición de republicanos moderados que se usaba anteriormente. Mientras que los conservadores se fueron al extremo que busca garantizar el bienestar de una élite neoliberal.

Cada vez que un candidato sube el tono y arremete contra una parte de la sociedad norteamericana, el núcleo extremista consolida su voto y hasta gana más adeptos. Los latinos, las mujeres, los musulmanes e incluso el senador y veterano John McCain (Vietnam) no se han salvado ni de los improperios de Donald Trump ni del silencio comprometedor de Ted Cruz. Por el contrario, esa actitud complaciente y esos exagerados abrazos con el magnate lo han favorecido en las encuestas.

El senador Cruz cuenta ahora con el 25% de las intenciones de voto en Iowa frente a 22% de Trump. No obstante, a nivel nacional según NBC/SurveyMonkey va segundo con el 21% frente al 38% del millonario neoyorkino.

Intransigente en cuanto a la inmigración, irresponsable con Irán y Rusia, Cruz es aparentemente más presentable por su experiencia política que Trump. Fue procurador general de Texas, trabajó en la Comisión Federal de Comercio y fue asesor en la campaña de George W. Bush.

Sin embargo, como escribe David Brooks, en el New York Times, su visión apocalíptica le permite legitimar una respuesta de odio al odio (hate with hate). Lejos de escuchar al electorado evangelista (importantes son sus números entre los republicanos) y proponer  valores  de solidaridad, misericordia y humildad, Cruz es un ejemplo del “brutalismo pagano”. Una hipocresía moral que va más allá de un juego para sustraerle votantes a Trump. Ted Cruz es un producto del Tea Party; un alumno ejemplar de una fracción ultraconservadora en la que no hay compromisos posibles, solamente imposición y chantaje.

Y además del pensamiento extremista del senador, queda pendiente su legalidad para poder ser presidente de Estados Unidos. Un as bajo la manga que le tiene preparado Donald Trump (recordemos la polémica por el certificado de nacimiento de Obama).

Rafael Edward (Ted) nació en Canadá en 1970. Textualmente dice la Constitución que para llegar a la Casa Blanca, uno de los requisitos es ser Native-Born US Citizen (ciudadano natural por nacimiento).

Pero como en derecho no es solamente lo que está escrito sino cómo se interpreta, los abogados podrán acudir a los estrados. En el momento de su nacimiento, fuera de Estados Unidos, la mamá de Cruz tenía nacionalidad estadounidense y con eso, según sus asesores, es suficiente. En cambio, su padre cubano en aquella época era canadiense y cambió por la estadounidense en el 2005.

En una sin salida se encuentran los conservadores porque ni Trump ni Cruz son del agrado de la maquinaria republicana. Intentaron sus líderes mostrar un partido más abierto con la elección de Nikki Haley, la gobernadora de Carolina del Sur, para responder al discurso sobre el estado de la Unión de Obama y así apaciguar al debate interno. Lamentablemente salió mal librada. Después de advertir acerca de los riesgos de seguir las voces más ruidosas de su partido, no se demoró la columnista Ann Coulter en pedir que la deportaran.

Ningún aspirante la defendió. Nadie fue capaz de reconocer la importancia de una mujer hija de inmigrantes del Punjab, quien fundó una familia estadounidense con dos creencias religiosas diferentes (Sikh y Metodista) para renovar la imagen del partido conservador. Si la elección de los senadores y diputados republicanos recayó en Haley es porque su discurso cuenta con su aprobación y es un modelo de adaptación a sus postulados.

Pero las primarias están desconectadas de las bancadas en el Congreso, como bien señalan en su libro Crisis Point, el ex senador republicano Trent Lott y el ex senador demócrata Tom Daschle. Quienes fueran los más cordiales adversarios políticos hoy no ocultan su preocupación por la intolerancia reinante.


Los aspirantes a la nominación republicana creen ser la salvación de un país en caos. No solamente Estados Unidos después de ocho años de Barack Obama  es -según ellos - un desastre económico, sino religioso, cultural y diplomático. Es una nación  débil, sin fronteras y sin un ejército a la altura de enfrentar otra guerra mundial. Por eso necesita la mano dura de un comandante en jefe de verdad. Contra los homosexuales e inmigrantes y por Dios y las armas: una cruzada ultraconservadora para poner orden en un país que perdió la moderación.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Donald Trump es el dueño del circo republicano

19/09/2015

María Camila Morales

El payaso ahora es el dueño del circo. Así podemos resumir el segundo debate de los candidatos a la nominación presidencial por el partido republicano. Donald Trump volvió a reinar en California.

Los restantes aspirantes fueron otra vez incapaces de frenarlo y, más aún, guardan ahora un cierto respeto. Admiten que tiene razón en ciertas de sus ideas y lo que los preocupa es la logística para ponerlas en marcha. En cuanto a los periodistas estaban más preocupados por el tiempo y la igualdad de palabra que en las incoherencias que decían los 11 candidatos.

En este segundo espectáculo, que tiene el mismo nivel que cualquier reality show de baile o canto, Trump demostró que está dictando la agenda electoral del partido republicano.

Una vez más, se van a enfrascar en la inmigración y expulsar a 11 millones de ilegales “mexicanos” para que se queden detrás del muro más seguro del mundo que van a construir. Mexicanos, insisto, porque al oír las propuestas de los candidatos, todos los inmigrantes ilegales en Estados Unidos serían mexicanos y mexicanas. Según Trump ellas vendrían a parir para que los estadounidenses mantengan a sus hijos por 85 años y ellos llegarían para violar, robar e imponer el español como lengua del país.

Otra insensatez de la noche fue la del neurocirujano Ben Carson (segundo en las encuestas después de Trump), quien respaldó la viabilidad del muro y añadió la brillante verificación del estatuto migratorio de todos (suponemos latinoamericanos). Aquellos que cumplan con el pago de impuestos y multas, se les permitiría vivir con un permiso especial sin recibir ni nacionalidad ni GreenCard bajo la condición que “trabajen en el campo”. Se ve la preocupación del candidato respecto a la mano de obra barata y sin derechos en su país. En especial, su solidaridad con los millones de ilegales que pasan sus vidas con salarios de miseria en la agricultura porque los norteamericanos no quieren hacer ese tipo de trabajos.

Con ese tono “progresista” siguieron explicando los programas presidenciales los republicanos. Hubo nutridos aplausos que no alteraron a los moderadores que parecían de cera, tanto por el botox y el bronceado, como por su incapacidad de reacción ante el racismo y el cinismo que se escuchó durante toda la noche.

El senador Marco Rubio, producto de “la inmigración” cubana y sus beneficios muy particulares como la Ley de Ajuste o de Pies Secos-Pies Mojados (al tocar suelo en Estados Unidos, los cubanos que huyen del castrismo pueden solicitar al año y un día permiso de residencia permanente) denunció la actual política migratoria de arraigo familiar y propuso que sea por mérito. Reexaminar (es decir suprimir) el derecho de suelo de la nacionalidad estadounidense, ahora le parece de avanzada al gobernador de New Jersey, Chris Christie, quien hace menos de un año apoyaba una reforma “comprensiva” de la inmigración acorde con la nueva realidad.

Jebb Bush trató sin éxito que Trump le pidiera disculpas públicas a su mujer Columba Garnica Gallo. La esposa del candidato se ha convertido en otro de los temas favoritos del magnate pues sería ella la “mexicana” responsable de las débiles propuestas migratorias de su marido. Un momento deplorable y nuevamente ofensivo para los latinos, no solamente por la agresividad de Trump sino por la patética defensa de Bush recordando que ella es mexicana y estadounidense y que respeta los valores de Estados Unidos.

Los republicanos no aprendieron nada de la derrota de las pasadas elecciones; por el contrario, el desprecio hacia la comunidad hispana se reflejará en el voto nacional. Necesitan más del 40% de los que pasaron el muro y ya son estadounidenses y los que nacieron aquí para ganar. Sin embargo, ese cálculo que beneficiará a los demócratas y los tiene relativamente tranquilos, no impide un retrógrado  e inapropiado ambiente para un país fundado por inmigrantes.

Historias del "sueño" americano que corre por la sangre y brilla en los dientes blanqueados de todos los Trump. Arranca con sus abuelos alemanes y su mamá escocesa y sigue con la checa Ivana Zelníková, madre de 3 de sus hijos y sigue con su actual mujer, la eslovena Melania Knauss. En común: todos inmigrantes en Estados Unidos.


Sin embargo, hay que aclarar que todos eran o son blancos. Ahí está el quid del asunto. Estados Unidos para los “inmigrantes seleccionados” por ser parecidos y compatibles con el ideal republicano de superioridad moral y éxito económico.  Un caldo de cultivo de odio que Trump está alegremente cocinando con sus millones y que no será fácil digerir después de las elecciones.